El Fab Tree Hab es un prototipo de vivienda imaginada por Mitchell Joachim como un edificio vivo. Crédito: MIT Media Lab.

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Edificios vivos, la nueva tendencia de la arquitectura sostenible

El Centro Omega, una planta de tratamiento de aguas en Nueva York, funciona como un organismo vivo: se autoabastece de energía y agua, utiliza recursos naturales para sus procesos de filtración y aprovecha la luz solar y la ventilación con técnicas bioclimáticas. ¿Son este tipo de edificios vivos la clave para una arquitectura sostenible?

PABLO GARCÍA-RUBIO | Tungsteno

 

En el año 2007, tres visionarios diseñadores del MIT se plantearon cómo podría ser el hogar sostenible del futuro. Un espacio que no solo respetase el medioambiente sino que fuese parte de él. De aquel pensamiento surgió el proyecto Fab Tree Habun prototipo de vivienda que desde su concepción hasta su construcción estaba ideado como una “casa viva”. Las paredes exteriores estarían formadas por árboles que crecerían en torno a unos andamios de madera reciclables que darían forma a la estructura y que más tarde se retirarían. Las interiores estarían hechas de arcilla y yeso orgánico. Además de utilizar el agua de la lluvia, los desechos serían tratados para generar los mínimos residuos posibles.

Este proyecto fue concebido como un experimento. Pero, pese a que no se tuvo en cuenta su viabilidad o realismo, sí que plantea una serie de cuestiones a las que el diseño de edificios debe hacer frente con el objetivo de minimizar los impactos negativos e incluso llegar a generar efectos positivos para sus habitantes y la comunidad en la que se asientan. ¿Y si la meta última del diseño sostenible fuese construir edificios que fuesen concebidos de manera holística como entes vivos más que como elementos pasivos?

Economía circular y bioinspiración

La sostenibilidad se ha convertido en uno de los ejes centrales de la arquitectura del siglo XXI. Durante décadas se han incorporado en múltiples edificios soluciones para mejorar aspectos como la eficiencia energética, el uso de materiales o el impacto urbanístico. Para ir un paso más allá, el arquitecto Jason McLennan creó el Living Building Challenge (LBC), un estándar para diseñar edificios concebidos de principio a fin con parámetros sostenibles y que funcionasen de manera similar a las estructuras de la naturaleza.

De la misma forma que el concepto de economía circular pretende reducir al mínimo el impacto de nuestras acciones en el medioambiente, filosofías como la de esta certificación pretenden aplicar conceptos similares a la construcción de espacios. El objetivo es poner la ecología en el centro del diseño y hacerlo funcionar de la misma manera que un organismo vivo.

El biólogo Ignasi Cubiñá explica que el modelo lineal en el que se basa la construcción de "extracción de recursos, producción y uso de productos y finalización en forma de residuos no está en armonía con la naturaleza porque la naturaleza no funciona así. La naturaleza no genera residuos”, asegura.

Para que un edificio consiga la distinción de edificio vivo según el LBC, necesita conseguir siete “pétalos” o criterios. Entre ellos, destacan los relacionados con la gestión del agua y la energía, la elección del espacio y lugar de edificación, el impacto positivo que genera en la comunidad donde se construye y hasta la capacidad de generar un beneficio en la salud de sus habitantes o usuarios.

Es decir, el concepto de edificio vivo pretende ir más allá de conseguir una mayor eficiencia energética o una reducción de las emisiones. Además busca “liderar y apoyar la transformación hacia comunidades socialmente justas, culturalmente ricas y ecológicamente restauradoras”, según explica el manifiesto de la organización.

El Centro Omega es una instalación de tratamiento de aguas y a la vez un centro educacional ecológico. Crédito: Omega.

 

Entre los edificios que han conseguido el máximo nivel de la certificación LBC se encuentran el Centro Omega, una instalación de tratamiento de aguas de la cuenca del río Hudson, en Nueva York. El edificio se construyó utilizando materiales recuperados de otros espacios o reciclados. Además, se autoabastece de energía y agua, utiliza solo recursos naturales para sus procesos de filtración y se sirve de técnicas bioclimáticas para aprovechar al máximo elementos como la luz solar o la ventilación. También sirve como centro educacional en temas de ecología y sostenibilidad.

Un desafío para la construcción, una de las industrias más contaminantes

Los estándares que propone esta certificación pueden parecer un desafío porque la forma en la que se ha construido durante décadas ha beneficiado a otros criterios por encima de la sostenibilidad, lo cual provoca que construir en la actualidad con la sostenibilidad como prioridad suponga un extra de costes y tiempo. Sin embargo, sí que se ha evolucionado para que la construcción de edificios concebidos como elementos “vivos” capaces de generar impactos positivos en la sociedad sea cada vez más accesible ya que los beneficios a lo largo de la vida útil del edificio superan con creces los impedimentos iniciales.

“Ser capaces de que nuestras ciudades estén construidas bajo estos criterios es el gran reto de la arquitectura del futuro, el gran objetivo al que tenemos que aspirar”, apunta Arancha Calvo, arquitecta del Colegio de Arquitectos de Aragón. “Es importante que todos los agentes estén involucrados en el proceso, desde los propios usuarios —o en general, la propia sociedad— a los arquitectos, diseñadores, constructores y planificadores”.

El sector de la construcción se enfrenta al reto de reducir su impacto en el medioambiente. Crédito: Unsplash.

 

En este sentido, según apunta también Calvo, la biotecnología puede ser una gran aliada para el desarrollo de soluciones que transfieran vida y autonomía a una estructura para que pueda alcanzar un estado de simbiosis con su entorno y sus usuarios. Materiales orgánicos como el micelio, un elemento generado por algunos hongos en forma de filamentos, se puede emplear para la construcción gracias a su resistencia y a su rápido crecimiento. La NASA experimenta con este material como elemento sostenible con el que construir las estructuras de futuras misiones espaciales ya que, según su propia investigación, se trata de un componente que puede llegar a crecer y autorrepararse.

Otras tecnologías como el hormigón autorreparable, las ventanas que “respiran” sin necesidad de abrirlas o el uso de microalgas son ejemplos de que la naturaleza no solo puede servir como inspiración sino como herramienta para dotar a los edificios de propiedades extraordinarias con un objetivo: hacer de los conjuntos urbanos una red de estructuras con el mínimo impacto ambiental, capaces de abastecerse de manera autónoma y que convivan entre sí, con el entorno y con sus propios usuarios de manera orgánica y evolutiva, de la misma manera que lo hacen los árboles de un bosque o los corales de un arrecife.

 

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